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jueves, 11 de septiembre de 2008

¡Discrimíname!


¿Recuerdan ustedes la famosa canción del famoso matrimonio Ana y Víctor que decía "Contamíname"? La gracia de la cancioncilla, nada demagógica ni oportunista en este mundo multicultureta, era que se cambiaba el signo peyorativo del verbo contaminar, y se pedía "contamíname" de manera morbosa e insinuante.

Tal vez ustedes piensen que el título de mi post trata de emular a estos dos representantes de la cultura solidaria bermeja en la que vivimos, pero justo intento lo opuesto. Mientras que contaminar es claramente negativo, discriminar no lo es necesariamente. De las dos acepciones que aparecen en el diccionario de la RAE (ya, no es el María Moliner, lo sé) una es neutra: seleccionar excluyendo.

El otro sentido es dar un trato peyorativo a una persona o grupo de personas por motivos de raza, religión o lo que sea.
Obviamente, con el título de la entrada no les insto a que me traten peor por ser mujer, pelirroja, gafotas, bajita, o de Madrid. Pero sí les animo a que me excluyan y no me seleccionen si lo que les cuento les da lo mismo, si tienen alergia a mi persona, si me consideran inferior por ser mujer, blanca, libertaria, o por la razón que sea. Todo el mundo tiene derecho a discriminar, a no seleccionar a quienes no les resulten afines, en el ámbito privado. Y eso incluye la empresa, la casa, la urbanización privada, los lugares privados de ocio...

Cuenta Wendy McElroy en su artículo Gender Issues in the EU Charter of Fundamental Rights que Voltaire se planteó cuál era la razón por la que en la Inglaterra de su época convivían diversas culturas y religiones mientras que en Francia resultaba imposible. La razón era la libertad para discriminar en el ámbito privado sin que ello fuera un obstáculo para el libre comercio. Señala el filósofo francés cómo en la Bolsa de Londres se mezclaban representantes de todas las nacionalidades y culturas (judíos, musulmanes, cristianos), pactando y negociando unos con otros como si fueran de la misma religión, y reservando el nombre de infiel para aquellos que caen en bancarrota.

Eso sí, fuera de la arena de los negocios cada uno en su casa y punto. No tengo que ser tu amigo, mezclarme contigo, compartir nada contigo y los tuyos si no quiero. Y ese derecho a la discriminación era lo que posibilitaba la perpetuación de cierta armonía social. Por el contrario, en Francia los planificadores, padres de la obsesión planificadora buenista que nos asola, trataban de imponer la armonía social, la convivencia, la tolerancia, desde arriba. Resultado: ánimos crispados, contrariedad o ira reprimida, y batacazo final cantado.

¿Defiendo que un empresario me pague menos por ser mujer? Si mi rendimiento es menor que el de los hombres, sí. Si le caigo mal, sí. Si lo hace porque soy mujer, sí. Mientras haya igualdad ante la ley (ya no la hay gracias al Ministerio de Igualdad) quiero ser yo quien decida si quiero trabajar por menos dinero que un hombre incluso si valgo más que él.

¿Y que vamos a hacer los pobres discriminados no contratados por esos facinerosos intolerantes? Pues competir: monte usted una empresa de inmigrantes, de mujeres, de libertarios, de homosexuales, de negros, amarillos, verdes, en una palabra, de discriminados... demuestre que puede ofrecer lo mismo a mejor precio, o un producto o servicio mejor.

El derecho a dar cerrojazo en mi bar, en mi casa, en mi tienda, en mi banco, o en mi colegio a aquellas personas que yo decida (sea por motivos honorables o mezquinos) asegurará que participe de la vida social y económica en paz. Y además, aprenderé a respetar a los diferentes que me superen.

Claro que todo suena irrealizable. Lo es. Nuestro sistema político nos corta las alas a la hora de educar a los niños, de montar empresas y de realizar cualquier actividad. Nuestro sistema jurídico no asegura la igualdad ante la ley. Las políticas totalitarias del rancio feminismo colectivista se encarga de que las mujeres pasemos de los brazos del padre a los brazos del marido y de ahí a los del Estado, y nos siguen tratando como inútiles, en vez de no meterse en las decisiones individuales de cada una. Y encima la mayoría parece encantada de la sobreprotección. Y esto es aplicable no solamente a las mujeres, también a los demás "colectivos" (con perdón), a los grupos que se sienten discriminados, que lo han sido, que lo son y que lo serán. Está en la naturaleza del hombre. La discriminación del extraño nos ha permitido salvaguardar nuestra tribu, nos arropa, asegura nuestra defensa, nos permite madurar... sin qe sea incompatible con el libre comercio, el libre intercambio.

sábado, 7 de junio de 2008

¿Qué hay de nuevo sobre... ACOSO SEXUAL?

Publica Wendy McElroy una recopilación de artículos sobre una de las políticas más perjudiciales que el feminazismo políticamente correcto nos ha regalado: el acoso sexual.

En primer lugar, para entender en qué consiste y de dónde viene, señala su artículo Understanding Sexual Harrasment.

El segundo artículo que cita es una transcripción escrita de la charla ofrecida en el año 2002 acerca de los perniciosos efectos de las políticas anti-acoso, y del concepto en sí, sobre nuestra sociedad.

El tercero consiste en un análisis en clave feminista-individualista del caso Clinton-Lewinsky.

Se llama acoso sexual a dos hechos que afectan principalmente a las mujeres en su lugar de trabajo: a) el intercambio de favores sexuales a cambio de promocionar laboralmente, y b) la existencia de un ambiente de trabajo hostil en el que la mujer se siente amenazada y desamparada.

La segunda definición es la que trae de cabeza a propios y extraños. La hostilidad del ambiente es subjetiva, la amenaza puede no ser clara, el desamparo es un término ambiguo y también subjetivo... y en base a ello se tipifican delitos, se imponen penas.
No estoy negando el hecho, que existe, pero las políticas que se aplican desde las administraciones públicas no parecen las más justas. ¿No debería educarse a la mujer (a sí misma, a sus hijas...) para ser capaz de enfrentarse a ello?

jueves, 1 de mayo de 2008

Mujercitas... más allá.

Decía al final de mi anterior entrada que me decantaría por el tema que más me afectara actualmente para escribir mi comentario del Instituto Juan de Mariana. Mujercitas habla del feminismo totalitario. Eso es lo que más me preocupa. Por el calado que tiene. Hay cosas que se me quedaron en el tintero y que me gustaría matizar.

¿Por qué Camille Paglia y Wendy McElroy siendo mujeres pueden darse cuenta de la barbaridad que supone ese feminismo totalitario para la socieedad y las mujeres españolas no?

Cierto que para decir las cosas tan claras como Camille Paglia hay que ser honesta como ella: bisexual que defiende al hombre masculino frente a la versión metrosexual tan de moda; feminista contra la acción afirmativa; atea que respeta la religión; piensa que el jihadismo es un peligro real e inminente para Occidente y, a pesar de ser demócrata, no le gusta su partido.

Para McElroy, estas medidas hacen más mal que bien. En primer lugar, porque limitan la libertad al obligar al empresario a contratar a mujeres, arrebatándoles la capacidad de decidir sobre su propiedad. La libertad tiene riesgos. Toda elección entraña discriminación, eliminas una opción para quedarte con otra. Y cuando la elección del empresario no cuadra con los objetivos de los políticos, algo hay que hacer, aunque para ello haya que pisotear la libertad del empresario.
Tampoco el argumento de la justicia compensatoria es válido. No se trata de que aquel que inflija un daño lo repare, sino que las feministas totalitarias defienden que son los hombres descendientes de quienes siglos atrás no trataron a las mujeres de entonces como iguales ante la ley, quienes cargan con la responsabilidad de resarcir a las mujeres de hoy, incluso si ya existe la tan ansiada igualdad.

¿Por qué Thomas Sowell, economista negro, es mirado con perplejidad cuando denuncia el daño de las políticas afirmativas y de la discriminación positiva, que pretenden acabar con la discriminación y son tan dañinas para todos y los analistas españoles andan con la misma monserga todavía?
El economista Thomas Sowell, en el artículo The Grand Fallacy: Equating Male-Female Differences in Salary with Discrimination, publicado en el Capitalism Magazine apunta que las capacidades potenciales de diferentes grupos no tienen por qué ser iguales, y que incluso si lo fueran, cada uno de ellos podrían no tener interés en desarrollarlos completamente, o de la misma manera que otros. También explica Sowell que la discriminación positiva, tal y como sucedió con la discriminación racial, solamente va a servir para que se vea cuestionado el trabajo de cualquier mujer y para que, al exigirles menos para poder cumplir la cuota, se convierta en una profecía autocumplidora.

Las políticas del Instituto de la Mujer denigran al hombre porque le discriminan. Pero también denigran a la mujer. La atan a la cadena de la subvención, la hacen dependiente de Institutos y Observatorios de la Mujer, fondos europeos, nacionales, autonómicos, locales (solamente el Instituto de la Juventud concedió 82.500 euros a la Federación de Mujeres Jóvenes en el año 2007). Y lo que es peor, la hacen responsable de atentados contra la libertad de empresarios (hombres y mujeres), pretenden adoctrinarla en esa Nueva Mujer Ideal, asexuada, alejada de la maternidad responsable, que no está orgullosa de ser lo que es, una mujer, diferente de un hombre, de un cyborg, que no necesita un comité de sacerdotisas al servicio de los políticos que le digan qué hacer, cómo, con quién, a quién votar, qué anuncio ver, qué comer, cómo vestir o qué fantasía sexual es adecuada...

No son los hombres tienen que salvarnos de esta barbaridad, de esta manipulación y este atropello. Somos nosotras las que tenemos que parar los pies a quienes nos humillan de esta manera, haciéndonos sentir mujeres de segunda solamente porque no participamos de su mente totalitaria y soviética. No en vano recordaba en mi comentario las palabras de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista cuando afirmaban: